miércoles, 21 de diciembre de 2011

Ciberpunk y algo más de regalo

Martínez, Rodolfo (1995)

La sonrisa del gato.

Miraguano: Madrid.



Me acerqué a La sonrisa del gato (1995), de Rodolfo Martínez, pensando que se trataba de una obra ciberpunk. Quería observar de qué manera un autor autóctono había abordado la para­fernalia tecnológica y la narración de novela negra para reflejar un mundo de personajes nihilistas, traficantes de información, donde priman los intereses de las grandes empresas que dominan el mundo. El resultado es satisfactorio, aunque no porque cumpla con muchos de los tópicos de este subgénero de la ciencia ficción, sino porque en otros aspectos, los supera. Su pretensión fue presentarse como una novela más actual y atrevida que otras de su tiempo y considero que consiguió dicho objetivo.


El comienzo de la novela resulta impactante, y quizás para un neófito se convierta en un sinsentido, pues aparece un interrogatorio donde no existe la voz del narrador, sólo el diálogo de dos policías y las largas explicaciones del interrogado, que va rememorando los hechos acaecidos. Por lo tanto, encontramos un comienzo in media res, que después irá desvelando lo sucedido hasta el momento del interrogatorio. Este personaje, que después se desvelará como el protagonista, Memo, se expresa con una jerga juvenil llena de neologismos (“peri”) o nuevos usos léxicos (“¿Confirmas?”), junto a menciones de lugares o entidades desconocidas al lector (“Confederación”, “Irregulares”).


El siguiente capítulo retoma una narración más clásica, acorde a los modelos de la novela negra, que nos va presentando a los personajes involucrados en la trama: Arthur Conan Chandler (llamado Con y Chandler, homenaje al escritor sir Arthur Conan Doyle), Memorión (llamado Memo, que recuerda al Johnny Nmonic de Gibson) y el fanático religioso Abdul Yasir ibn al-Murahi. Todos ellos actúan en la consecución de un chip que contiene datos secretos, con lo que tenemos el detalle que conlleva la transmutación de la información en un objeto, el cual funciona como detonante de la trama y de la acción de los personajes. A ellos se le suma una inteligencia artificial, Chessire, que moverá los hilos de la estación espacial en la que se encuentran, la Peonza. Este personaje poderoso supone la inclusión de la vertiente digital propia del ciberpunk en la novela. Además, es de destacar el nombre, puesto que Chessire es el nombre del gato de Lewis Carroll y de ahí el título de la nove­la. Por último, tampoco se puede ignorar la presencia de personajes secundarios muy característicos, como el pirata informático Vaquero.


La estructura de intercalación del interrogatorio y la trama de espionaje ha llevado a varios lectores a considerar la proximidad de La sonrisa del gato con El jinete en la onda del shock (1975), de John Brunner. Por parte de la novela del español, los dos modelos de capítulo indicados se intercalarán para desvelarnos una trama de espionaje en un espacio cerrado, asilado por la inmensidad del cos­mos, y una ambientación futurista, mucho más extrañada temporalmente hacia el porvenir que otros ejemplos del ciberpunk. Ello permite mayor verosimilitud a la inclusión de elementos como la exis­tencia de la Peonza, el transportador dentro de la estación o los increíbles avances médicos que per­miten la regeneración de extremidades amputadas.


Por otra parte, Rodolfo Martínez no sólo se permitió jugar con la estructura, también jugó con la tipografía al presentar los diálogos de la policía en negrita o las intervenciones de Chessire en ma­yúscula, e incluso la eliminación de los guiones de los personajes en otros momentos. A ello debe­mos sumarle la hibridación de géneros, pues la trama presentada en forma de novela negra es la que permite al lector superar el fuerte distanciamiento ficcional del comienzo y adentrarse en la historia, porque las explicaciones aparecen en La sonrisa del gato cuando está muy avanzado el argumento. Éstas serán explicaciones sobre el mundo ficcional, es decir, sobre la estación espacial y sobre el pasado de los personajes. En palabras del propio Rodolfo Martínez, comentadas recientemente en su blog:


Me parecía que estaba escrita con garra, tenía una buena ambientación, un ritmo adecuado, una trama que no decaía en ningún momento y varios personajes bastante logrados. Y me gustaba la estructura que había armado para contar la historia, dividida en capítulos alternos. En unos, se seguía una narración convencional en tercera persona y en pasado. En los otros, había una secuencia de puro diálogo, sin acotación alguna y que enseguida quedaba claro que sucedía algunos meses después de lo narrado en tercera persona”.


La novela negra le sirve para incluir aspectos de la ambientación como la ilegalidad, las desviacio­nes y depravaciones sexuales, y la actitud cínica ante los delitos y el horror. El ciberpunk le permite la aparición de elementos tecnológicos, de la jerga de los personajes (de la cual se incluye un glo­sario al final de libro) y de su actitud vital siempre al límite. Lo relevante en La sonrisa del gato será, sin duda, el enfrentamiento entre Memo, el joven híbrido (parte de su cerebro es un implante de memoria), inadaptado en medio de esa ciudad caótica y desorbitada, con la inteligencia artificial Chessire, el superordenador dotado de autoconsciencia. Un enfrentamiento constituido al modo de un juego lógico, como un ajedrez, donde un movimiento en falso puede suponer el fin de la partida y donde no importan los peones perdidos con tal de obtener la victoria. También se puede resaltar que, en este enfrentamiento, Fernando Moreno, en el análisis que de esta novela realiza en su tesis, observó similitudes con la obra de Stanislaw Lem Un valor imaginario (1973).


Respecto al universo ficcional que rodea la novela, el autor comentó, en el artículo indicado de su blog personal, que toda la idea le vino por la imagen de una estación espacial con forma de peonza en mitad del espacio, imagen que se convertiría en la Estación de Convergencia Uno. Esto le per­mitió encuadrar la historia dentro de un universo ficcional que venía desarrollando en varios escri­tos anteriores, el universo Drímar. Este detalle posibilita atisbar en la novela un mundo ficcional muy desarrollado del que sólo conoceremos una pequeña parte. Dicho mundo tiene ciertas simili­tudes con la Guerra Fría, pues encontraremos dos grandes bloques enfrentados, la Confederación y el Mandato Sáver, en una situación tensa que no llega na culminar en el conflicto.


Curiosamente, en La sonrisa del gato se halla otra postura en relación a ese mundo tecnologizado. La religión aparece de la mano del espía fanático Abdul, quien, para colmo de ironía, ignora que su Dios es una máquina. Su discurso tecnofóbico plantea una oposición al progreso técnico, y una abogacía por la tradición, aunque también podría verse como un ejemplo de la dificultad del hombre para adaptarse a cambios rápidos. Aunque la ironía la encontramos en muchos otros aspectos de la novela, y especialmente justifica la existencia del narrador omnisciente que filtra en muchas ocasio­nes sus opiniones y juicios de valor.


Por lo ya analizado, considero que la novela de Rodolfo Martínez está más que recomendada para aquellos lectores que aún no se hayan acercado a ella. Desde luego, cabe recordar que estamos ante una obra bien conocida dentro del fandom español, y un autor que también tiene una labor destaca­da en el seno de los aficionados. ¿Qué es entonces La sonrisa del gato? Les insto a leerla, no perde­rán el tiempo.


[Fotos tomadas de:

http://leelibros.com/biblioteca/?q=node/3987

http://www.bemonline.com/portal/index.php/noticias-mainmenu-2/1818-embrion-disponible-en-la-web ]

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una space-opera con mucha picaresca


Marín, Rafael (1981)

Lágrimas de luz.

Gigamesh: Barcelona, 2008.


Fue en 1982 cuando apareció por primera vez Lágrimas de luz, de Rafael Marín, como parte de otro de los proyectos editoriales que quiso empezar Domingo Santos desde Nueva Dimensión, aunque ya los días de la mítica revista se acercaban al final. Desde entonces, la novela se ha reeditado varias veces y en diversos idiomas. Incluso puede jactarse de ser una de las pocas obras españolas aparecida en el seno de la colección de la editorial Gigamesh, una de las más conocidas entre los aficionados. Dicho bagaje tiene explicación: Lágrimas de luz es una novela clave en la historia del género en España, una parada indispensable para el aficionado cienciaficcionero que desee conocer el cultivo de la CF en España.


Para empezar, Lágrimas de luz se plantea la pretensión de introducir el género de la picaresca -muy propio de la tradición literaria española- en la ciencia ficción, en este caso en el modelo de la space-opera. No es tampoco la única novela que ha pretendido esta fusión, puesto que también lo intentó Carlos Saiz Cidoncha con Memorias de un merodeador estelar (1995). Pero los logros, a nivel literario, son mayores en la obra del gaditano que en el ciudadrealeño, que peca de un resulta­do sumamente irregular que alterna buenos pasajes (muy picarescos) con otros muy mediocres de humor entre infantil y adolescente


El modelo picaresco le permite a Marín la creación de un protagonista que narre su vida en primera persona y que relate sus desventuras como personaje socialmente marginado. Así aprovecha esta posibilidad para realizar un crítica y una reflexión sobre el mundo en el que vive. Por su parte, la space-opera le brindará como escenario todo el cosmos y un tiempo diferente en el que desarrollar un modelo social distinto al de nuestro presente. La fusión es acertada: el resultado otorga novedad y una lenguaje propiamente hispano en una ciencia ficción preocupada por abandonar la fase de imitación de quien ostenta la batuta dirigente, la ciencia ficción anglosajona, y emprender el camino hacia un cultivo del género con una identidad propia.


Sobre el uso de la picaresca, también se encuentran similitudes en la estructura de la novela, pues comienza a fine (hacia el final), igual que El lazarillo de Tormes (1554), para después en un extenso flashback remontarse a la juventud del protagonista y relatar todas las circunstancias vitales que le han llevado a la situación presente (desde la que cuenta la historia) y justificar dicha situación. En el caso de Lázaro la justificación del relato se refiere a las acusaciones de la mancebía de su esposa con el arcipreste, en el caso de Hamlet Evans, el protagonista de Lágrimas de luz, su postura de individuo frente al estado manipulador que se personifica en su ubicación espacial, la ciudad de Nueva York.


Por otra parte, el mundo ficcional de la novela nos presenta una sociedad de corte medieval, fuerte­mente estratificada, extrapolada a un futuro de conquista permanente, un mundo cuyo sostenimien­to, igual que el antiguo imperio romano, se halla en la conquista. El protagonista comenzará en un estrato inferior, en el seno de una familia de trabajadores. Pero gracias a su formación, obtiene una plaza de formación en el Monasterio, aislado lugar en un asteroide donde se esconden los restos de conocimiento y se forma a nuevos aprendices que después los gobernantes usarán para desarrollar una cultura siempre bajo el férreo control e intereses del estado omnipotente, llamado siempre, como he indicado, Nueva York. El protagonista consigue así convertirse en compositor de cantares de gesta que elogien la labor de conquista.


El puesto de poeta le permite ingresar en la vida de otro estrato de esta sociedad, el militar, y por él iremos descubriendo diferentes personalidades existentes en este mundo, desde el frío y utilitarista capitán Ares Wayne, al pobre soldado incapaz de cuestionarse el mundo, como Turin Macnamara, o al perfecto y eficiente oficial que acaba sacrificando su vida por su superior, Whynnom Salvador. Además le permite al autor realizar diversas reflexiones sobre el sentido de la guerra y el valor, la muerte como pérdida y el escaso o nulo beneficio que otorga la conquista bélica.


El mundo de los poderosos, la elite, aparece en Lágrimas de luz cuando Hamlet, tras desertar como poeta, es abandonado en el planeta Mandara, al que llaman Castigo por sufrir un embargo económico. Allí, para subsistir, debe deleitar con espectáculos a los señores que dominan este mundo. De esta forma se nos describirá a unos aristócratas degenerados, eudemonistas cuyo único objetivo vital es el placer en las formas más excéntricas posibles, individuos enfermos, abúlicos, cuya existencia carece de sentido.


A esta sociedad estratificada le debemos añadir que el autor justifica las posibilidades evasivas de sus ciudadanos alienado principalmente a través de una libertad sexual que suena un poco irreve­rente en la novela, puesto que se limita en la mayoría de ocasiones a relaciones orgiásticas y homo­sexuales, sin desarrollar otro tipo de parafilias que podrían ser propias de ese planteamiento. En cierto modo supone la apertura temática del sexo dentro del género, tal y como estaba sucediendo en la España del momento que venía alejándose de las represiones franquistas, pero al margen de la circunstancia histórica en la que se inserta la novela, el tratamiento sexual resulta un poco, a mi juicio, incoherente dentro de la obra.


Aunque uno de los aspectos más destacados de la novela de Marín es el estilo literario del que dota a su discurso. El autor gaditano consigue un lenguaje sumamente lírico, subjetivo, que explota al máximo referencias literarias, imágenes que buscan belleza, reflexiones del personaje sobre la vida y la sociedad de ese mundo futuro, etc. Ello no evita ciertos errores de un escritor novel que innova con el lenguaje y busca su estilo, pero sí demuestra su honda formación filológica, de la que carecían los autores hispanos predecesores, y que le ha permitido hacer literatura en un género y en un país que todavía no había intentado explotar todas las posibilidades a nivel lingüístico. De esta forma, Lágrimas de luz inició el camino hacia una ciencia ficción más lírica, característica que se ha destacado de la literatura española y de la CF en concreto desde los años ochenta. Por todo ello, se trata de una lectura amena e indispensable para todo aficionado que se precie.


[Fotos tomadas de:

http://librodenotas.com/cuadernosdecienciaficcion/14099/autores-contemporaneos-vi-rafael-marin

http://ablibros.com/libros/fantasia/96208636-LAGRIMAS-DE-LUZ-BOLSILLO-9788496208636.html ]

lunes, 24 de octubre de 2011

De extranjero a mesías, una nueva heinleiniada (II)

Heinlein, Robert A. (1961)

Forastero en Tierra Extraña (Stranger in the Strange Land)

Traducción de Domingo Santos.

Plaza & Janés, Barcelona, 1998.


[Segunda entrada: continuativa de la anterior]


En la anterior entrada empezábamos a analizar una de las obras de Heinlein más conocidas, Forastero en Tierra extraña, y cuestionaba yo las virtudes achacadas a esta novela. Mencioné el largo periodo de gestación que tuvo esta extenso y magno clásico del género, y buscaba después características apreciables al común de la obra de este autor estadounidense.

Dado el largo proceso de escritura de este novela, pregunto: ¿hay contradicciones internas en el contenido, en las ideas que plasma en ella? La ideología de Heinlein está palpable como en el resto de sus obras, aunque quizás más en esta porque la longitud de Forastero en tierra extraña permitió al escritor estadounidense explayarse más en sus ideas personales sobre la sociedad que le rodeaba. Aún así, dejemos por un momento de lado las diferencias políticas plasmadas en sus novelas, antes indicadas, y que tan controvertido le hicieron en su momento.


Así descubrimos que, si algo caracteriza a Robert Anson Heinlein, es la defensa a ultranza del individuo, detalle que le atraería de las reivindicaciones de esos movimientos juveniles. Si algo defienden los personajes de esta obra es su identidad y libertad frente a las normas establecidas, especialmente de índole sexual. Se trata de un individualismo extremo que se desprende del lema “Tú eres Dios”, forma en que se saludan los integrantes de la iglesia creada por Smith. En palabras del periodista Ben Caxton: “-Mike no es gentil, Jubal. Matar a un hombre no le preocuparía lo más mínimo. Pero es el anarquista definitivo..., encerrar a un hombre es una incorrección. Libertad para uno mismo..., y absoluta responsabilidad personal para uno mismo. «Tú eres Dios»” (790).


Ahora bien, la mayor parte de la crítica en la novela se centra en las intituciones eclesiásticas como centros de hipocresía que se deleitan en imposiciones morales a individuos, reglas éticas sobre lo que se puede y no se puede hacer, aunque sus máximos representantes practiquen los actos que ellos mismos denuncian como ilícitos. Todo es una ironía donde Heinlein se ríe abiertamente del discurso de la doble moral tan vigente hoy no sólo en Estados Unidos, sino también incluso en muchas otras parte del mundo, incluido nuestro país. Por un lado denunciamos actitudes; por otro las realizamos. Cohartamos nuestra libertad con ideas artificiales y absurdas. Por eso, el protagonista de Forastero en Tierra extraña, Mike, quiere situarse por encima de ese juego que no entiende, quiere ser un individuo único, moralmente sano.


Desde esta perspectiva, se puede entender la comparación que se establece en la novela entre Smith y Jesucristo, pues lo que pretende el Hombre de Marte puede entenderse como una alegoría revisionista de la historia del personaje de Jesús de Nazaret tal y como aparece no sólo en los evangelios oficiales, sino también en los apócrifos. En palabras de uno de los seguidores fieles de Smith, uno que, anteriormente a la afiliación al culto de Mike, fue judío: “Jesús no intentó tenerlo todo terminado para el miércoles próximo. Fue paciente. Estableció una sólida organización y la dejó crecer. Mike también es paciente. La paciencia tiene tanta parte de disciplina que ni siquiera es paciencia; es algo automática” (812).


Pero otro tipo de críticas aparecen en Forastero en tierra extraña. Ya se ha indicado que la novela está plagada de conversaciones, especialmente entre el viejo Harshaw y Mike, pero también el sabio anciano y otros personajes, sobre muchas cuestiones. En numerosas ocasiones, es fácil percibir la voz del propio Heinlein escondida tras la de Harshaw. Por ejemplo, se pueden observar las consideraciones literarias del escritor estadounidense: “Las mejores obras rinden dividendos cuando ya no puede cobrarlos el que las ha creado” (758). Además, el propio personaje de Harshaw es escritor de novelas populares que firma con múltiples seudónimos, lo que ayuda más a la identificación aquí propuesta. Otro posible caso que corrobora esta afirmación aparece en un momento, donde Harshaw indica los motivos que le han llevado hacia la creación literaria, la cual concibe como una escritura subordinada a los gustos del gran público y con el fin de obtener ganancias económicas, y sin la pretensión de grandes adornos ni experimentalismos ni pretensiones elevadas, es decir, no se plantea una literatura que hable de sí misma, sino una paraliteratura.


Aunque, también deben ser destacada una conversación sobre arte, que mantiene Harshaw con el periodista Ben mientras examinan la colección personal del anciano millonario (652-656), con estatuas principalmente de Rodín como «La belle Heaulumière» o «la Cariátide caída bajo el peso de su piedra». Allí se desprenden interpretaciones artísticas interesantes sobre las figuras del escultor francés, horripilantes en un primer momento, pero poéticas en el fondo.


Sin embargo, preguntábamos, ¿es tan progresista Heinlein? Toda la exposición realizada hasta ahora parece indicar que sí, aunque si nos adentramos en cuestiones más propiamente literarias, puede que la respuesta no siga siendo la misma. En primer lugar, el escritor estadounidense repite el modelo tríptico de personajes tan presente en muchas de sus obras: protagonista, ahora el Hombre de Marte, Valentin Michael Smith; el hombre sabio, Jubal Harshaw; y la chica, la enfermera Gilliam Board­man. La repetición del tríptico puede entenderse como la utilización de fórmula establecidas de creación literaria propia de un autor criado en la literatura popular y las revistas pulp.


En segundo lugar, sus personajes femeninos no sólo continúan siendo secundarios, sino que nunca adquieren relevancia por encima de los hombres, a no ser que los personajes masculinos hayan quedado temporalmente incapacitados. Nunca sus personajes femeninos toman posiciones de mando por encima de un hombre, tal y como se observa en la estructura jerárquica de la Iglesia formada por el Hombre de Marte. La mayoría de ellas siempre considera como metas vitales el matrimonio o los hijos. En el caso de que aparezcan insertas en el mundo laboral, los trabajos que desempeñan son preminentemente femeninos, y casi esa cualidad parece castigarlas a una soltería perpétua, puesto que, si se casan, dejan de trabajar: Jill es enfermera y Jubal se rodea de tres secretarias -Dorcas, Miriam y Anne- que también son sus cuidadoras, sirvientas y cocineras. Además de estos casos, muchas veces, cuando se le hace un pregunta a un personaje femenino que requiere algún tipo de deducción o pensamiento abstracto, antes de que conteste, se le dice “no se rebane los sesos”, y después se le explica la respuesta, igual que a los niños. Además, las mujeres deben ser piropeadas por sus cualidades físicas, siempre sobresalientes por encima de cualquier otra de sus características como personas. “Para ser mujer, eres extraordinariamente brillante” (60). E incluso puedo añadir que ni los homosexuales quedan ajenos a esta cosmovisión, dado que la voz narradora los tilda como invertidos en más de una ocasión.


Además, este tradicionaismo en la concepción literaria de Heinlein también se observa al analizar cualidades estilísticas: coincidencia de orden cronológico casi absoluta de historia y fábula, es decir, no hay un desorden entre los acontecimientos narrador y la forma de contarlos. Sólo discrepan en la parte cuarta donde se alterna la voz de Ben y la voz del narrador contando lo que le había pasado al periodista cuando fue a visitar la iglesia de Smith, para mi juicio, una de los momentos de mayor juego con las voces narrativas.


También destaca la escasa frecuencia de descripciones, y las que aparecen pausan del todo el ritmo del discurso. Siempre hay una colosal cantidad de diálogos -casi parece una novela dialogada, y con ellos se realiza el avance de la trama. Por lo tanto, preferencia por un ritmo narrativo de escena, que se refiere a un tipo de ritmo narrativo donde coinciden la duración de la historia y la del discurso. Por su parte, la voz narradora también es muy tradicional -heterodiegética y extradiegética, de focalización cero-, comúnmente llamado narrador omnisciente. Además, tanto diálogo relega a un segundo plano esa voz narradora. Ello favorece que los personajes hablen por sí mismos. Pero lo que sucede es que muchas veces incluso de confunden las voces personales de los personajes, por ejemplo, Ben llama a Gill con muchos apodos cariñosos -aunque siempre referidos al físico femenino-, como pies “pies bonito” (83), algunos de los cuales aparecen después en boca de Harshaw.


Claro, ahora pensarán: Heinlein es un autor de la Edad Dorada, no de la New Wave, no se le pueden pedir peras al olmo. Tendrán razón, pues al igual que sus compañeros de generación, muchos pecan de escasa “literariedad” -como lo entendían los formalistas rusos-, pero desarrollaron tramas muy inteligentes, como los juegos lógicos de los relatos de Asimov, especialmente lo referentes a las tres leyes de la robótica que él mismo planteó en Yo, Robot (I, Robot, 1950). No niego haber disfrutado con la lectura de esta obra de Robert Anson Heinlein -incluso mucho más que con las que leí anteriormente de él-, pero sólo plasmo aquí una opinión argumentada, la opinión de un filólogo tras una primera lectura. Otro tendrán otras, puede que incluso mejor argumentadas. Sobre gustos no hay nada escrito. Les invito a expresarlas y a mantener viva una obra de tan rico contenido como Forastero en tierra extraña.


[Imágenes tomadas de:
http://rescepto.wordpress.com/2010/05/14/forastero-en-tierra-extrana/
http://www.umbella.com/heinlein/libros/hisparah_siasl_61.html]

De extranjero a mesías, una nueva heinleiniada (I)

Heinlein, Robert A. (1961)

Forastero en Tierra Extraña (Stranger in the Strange Land)

Traducción de Domingo Santos.

Plaza & Janés, Barcelona, 1998.


[Aviso: Dada la extensión del siguiente artículo, éste aparecerá en dos entradas diferentes]

Parece increíble que no haya tenido suficiente Heinlein ya, pero aquí vuelvo a la carga con uno de los autores más representativos de la Edad Dorada. Por lo menos, debo reconocer que una lectura de varias de sus obras me va permitiendo atisbar una visión general del contro­vertido Robert Anson Heinlein y de su concepción de la literatura. Esta vez le ha tocado el turno a una de sus obras más famosas, también ganadora del premio Hugo, y nuevamente obra que causó enorme polémica en su momento, Forastero en tierra Extraña (Stanger in the Strange Land, 1961).


A modo de sinopsis, Heinlein escribe esta novela a partir de una idea inicial: un humano que ha sido criado por alienígenas y ya mayor, retorna a la Tierra con sus congéneres. Dada su instrucción, alejada de los estandarizados modelos humanos, el protagonista se verá obligado a aprender toda una nueva cosmovisión de la vida, y toda una nueva forma para expresarla. Esto permitió al autor incluir numerosas y extensas digresiones y parlamentos donde se discuten muy distintas cuestiones del comportamiento humano que tantas veces damos por sentadas, pero que, analizadas en la distancia, mediante un proceso de relativización, se muestran como constructos artificiales.


Eso es lo que hace constantemente Valentin Micheal Smith en Forastero en Tierra Extraña. Gracias a sus largas conversaciones con el anciano y escéptico millonario Jubal Harshaw, Mike irá de­construyendo muchas de las concepciones éticas y morales que rigen la sociedad descrita por Hein­lein, la cual coincide en gran parte con la de su propio tiempo -no hay en la novela un distancia­miento muy grande en el tiempo, pues Heinlein la sitúa medianamente cercana en el futuro-. De esta forma, en esta novela aparecen diversas críticas de muchas cuestiones, pero principalmente se cen­sura a las instituciones eclesiásticas y sus imposiciones de códigos morales que limitan el comporta­miento humano. Esto justifica que, en la trama, el protagonista acabe formando una secta en la cual instruir a los hombres en el código marciano y conducirlos a una concepción del mundo donde prima la libertad personal, donde quedan despojados de necesidades materiales y en convivencia armónica con sus congéneres. Mike se convierte en un nuevo Jesucristo, un nuevo Mesías, e igual que su predecesor, compartirá el mismo destino.


En su época esta extensa novela se convirtió incluso en cabecero de cama de cualquier joven simpa­tizante del movimiento hippie, sin duda por el modelo de iglesia que funda Mike donde preconiza el naturismo, el amor libre o la igualdad de sexos, y donde el hombre se despoja de necesidades materiales, y con ello de la obsesión, la envidia, una iglesia que se fundamenta en un amor por el prójimo. Y esto lo desarrolla en pequeñas sociedades libres de carácter anárquico donde todo es de todos y todos colaboran por la comunidad. Ciertamente, estos fundamentos tienen gran similitud con las reivindicaciones de los hippies en contra de las estrechas miras de papel maché del Estados Unidos de los años cincuenta.


Parece un contenido muy revolucionario para su época, pero ¿realmente fue Heinlein tan innovador en esta obra como para recibir este tipo de tratamiento? En primera instancia debo recordar que este escritor ya fue vilipendiado por supuestas inclinaciones fascistas a causa del mundo militarizado que plasmó en Tropas del Espacio (Starship Troopers, 1959). Misteriosamente, todavía tornará a visiones que cojearán en el extremo contrario, como la visión de la revolución selenita en La Luna es una cruel amante (The Moon is a Hars Mistress, 1966). En este aspecto, resulta difícil encuadrar ideológicamente a este autor. Sólo un elemento repite a lo largo de sus obras, el culto al individualismo, a la libertad del individuo. Y en esta obra, personificado en el Hombre de Marte, este principio adquiere gran fuerza.


Creo que para resonder a la cuestión planteada, primero habría que detenerse en el proceso de elaboración de Forastero en Tierra Extraña. Para la versión completa y definitiva de la obra, Virginia Heinlein, ya viuda del autor, explica que su difunto marido escribió esta magna novela en varias fases. Declara que la idea surgió de un brainstorming para un relato que se llamaría “Golfo”. A Heinlein le entusiasmó la propuesta de un humano criado y educado por alienígenas, algo que sería similar a los niños salvajes perdidos en la jungla, como el retratado en El Libro de la Selva (The Jungle Book, 1894), de Rudyard Kipling. Pero esa idea le pareció extensa para un relato.


Aún así, le seguía atrayendo, así que Heinlein la abordó varias veces y la abandonó posteriormente porque no era capaz de cerrar la historia. No obstante, finalmente lo hizo a las puertas de los años sesenta. Por tanto, hablamos de más de un decenio de gestación, realizada en diferentes momentos, con lo que se pueden observar discrepancias en el contenido: entre un Heinlein más próximo a una ideología conservadora donde él se crió y ciertas ideas innovadoras que empezaban a pulular en EE. UU. en esa época; y entre un Heinlein que ha aprendido a escribir en los cuentos pulp, literatura de consumo rápido, y un Heinlein de mayor pericia como escritor, mayor fluidez y mayor libertad para desarrollar los argumentos.


Esta es la contradicción mayor de este autor. Por un lado, vive anclado en los prejuicios y tradi­ciones de un Estados unidos retrógrado, racista, clasista con un férreo y limitado discurso estable­cido por el poder que atacaba todo tipo de heterodoxia, por otro está un Heinlein que procura seguir la naturaleza de la ciencia ficción de situarse en l futuro, dar un paso más allá, y plantear una sociedad donde se potencian aspectos de los nuevos tiempos. Y los nuevos tiempos venían marca­dos, como hemos dicho, primero por la generación beat, luego por los hippies, que propugnaban una apertura de ese limitador discurso del poder.


Además de las diferencias ocurridas en el contexto histórico, en la vida del autor, y en la forma de cultivar el género fantacientífico en esos años, y que todo ello determinó de una u otra manera el producto literario final, debemos añadir que el editor obligó inicialmente a Heinlein a reducir la obra. En el epílogo Domingo Santos, también su traductor al español, afirma que ha realizado un estudio comparativo entre ambas versiones, la extensa y la que fue reducida por petición del editor, y sólo percibe un excelente trabajo por parte de Heinlein en la poda que tuvo que realizar a la primera versión de Forastero en tierra extraña.


[Continúa en la siguiente entrada]



[Imágenes tomadas de:
http://unlibroparaestanoche.com/2011/07/26/forastero-en-tierra-extrana-robert-a-heinlein/
http://www.forjadores.net/index.php?option=com_content&task=view&id=1927&Itemid=48]

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Marcianos traviesos

Brown, Fredric (1955)

Marciano, vete a casa (Martians, go home)

Traducción de Francisco Blanco.

Martínez Roca, Barcelona, 1982.


Merece un elogio en este blog el tratamiento cómico que consiguió el autor estadou­nidense Fredric Brown para tratar un tema tan manido dentro de la ciencia ficción: la invasión extraterrestre. Se trata de novela coral, donde los pocos personajes resaltados, como Luke Devereux, sirven como ejemplificaciones de las consecuencias de la convivencia con los marcianos. Brown, por tanto, especula, con gran humor, los posibles efectos de estos molestos alienígenas.


En este caso los marcianos de Fredric Brown, lejos de un tradicional BEM inspirado en el horripilante ser que describió Wells en La guerra de los Mundos (The War of the Worlds, 1898), aunque físicamente tienen todos los tópicos: verdes, pequeños, cabezones, etc. Pero en carácter se asemejan más a los duendes de las leyendas fantásticas propias del folclore de muchos pueblos. Esto lo afirmo no sólo por su piel verdusca y su reducido tamaño, sino porque son traviesos, anárquicos, infantiles, molestos, hostiles, respondones, perversos, peleones, sarcásticos, hirientes, etc. Obviamente, enervan a los humanos con este comportamiento, pero su naturaleza casi holográfica los hace inmunes a cualquier ataque, con lo que sólo queda aguantarlos.


No se explica por qué vienen a la Tierra, simplemente kimmaron (una especie de teleportación mental) nuestro planeta en masa con la intención de estudiar a los humanos. Sin embargo, nos tildan de seres inferiores y se mofan constantemente del prójimo, y siempre andan en busca de situaciones conflictivas, curiosas o íntimas en las que entretenerse y divertirse. Por eso, aparecen cuando uno menos se lo espera, y se dedican a sacar de quicio a la gente. La invasión no busca el terror, simplemente, sino el mayor fastidio posible.


Tanto caos generan que tras su llegada sacan a la luz todos los secretos militares del mundo, con sus molestas intervenciones consiguen acabar con los programas televisivos y radiofónicos y consecuentemente, generan una enorme crisis económica a cuyo lado la gran depresión del 29 parece un incremento de la economía. E incluso afecta al crimen organizado, porque los marcianos delatan a los criminales durante su acto ilícito, y a las relaciones sexuales de los matrimonios, pues se descubre que los marcianos pueden ver incluso a través de la ropa, con lo que se pierde la intimidad del acto. Brown analiza todos los pormenores e inconvenient es que causan estos misteriosos visitantes, y todos ellos dotados de gran carga humorística.


Lo interesante es que el escritor de novelas populares Luke Devereux, cerca del ecuador de la novela, sufre una apoplegía y cuando se recupera, es incapaz de ver a los marcianos. Ni les oye, ni les ve, ni les siente. Él no cree que existan marcianos, y los que vio lo achaca a una alucinación, pero los demás sí. Entonces, se convierte en un loco, pero como demente, está más cuerdo que todos los demás humanos que sí deben soportar a los pesados de los marcianos. En este punto Brown juega y se ríe también sobre la locura y la cordura.


Devereux se ve a sí mismo como una persona mentalmente estable y a los demás como perturbados. Tras mucho pensar llega a la conclusión de que él creo inicialmente toda esta paranoia marciana, puesto que la novela comienza con él en una cabaña asilada en el desierto cuando se le aparece uno de los visitantes verdes. Podría ser todo un desvarío de Luke en la cabaña mientras intentaba diseñar un argumento para su nueva novela fantacientífica. Al menos eso cree el lector. Sin embargo...


Sin embargo, finalmente, de la misma forma que vinieron, los insoportables seres verdes se van. Desaparecen. ¡Puf!. Adiós. Brown no nos aclara el motivo: ¿es el invento de Oberdorffer, es el hechizo de Bugasi, es la paranoia de Luke Devereux, que había escrito alguna novela de ciencia ficción? ¿en verdad eran marcianos? El mismo misterio que los trajo a la Tierra se los lleva, y no sabemos ni entendemos ese misterio. En un epílogo Final, Brown coloca la guinda a este pastel. Sus editores le solicitan una explicación a todo el desvarió de la novela, y éste responde:


Luke tiene razón; el universo y todo lo que ocntiene sólo existe en su imaginación. Él lo inventó, como también a los marcianos.

Pero entonces, yo inventé a Luke. De manera que, ¿dónde quedan él o los marcianos?

¿O cualquiera de ustedes?” (166)


¡Chapeau, señor Brown!


[Imágenes tomadas de:

http://ciertadistancia.blogspot.com/2009/05/fredric-brown-y-la-gorra-roja.html

http://www.papelenblanco.com/novela/marciano-vete-a-casa-de-fredric-brown ]

martes, 16 de agosto de 2011

El verdadero sentido de la revolución selenita





Heinlein, Robert A. (1966)

La Luna es una cruel amante (The Moon is a Harsh Mistress)

Traducción de Manuel Mata.

La factoría de ideas, Madrid, 2003.


¿Esta novela obtuvo el premio Hugo en 1967? Me cuesta entenderlo; no encuentro argumentos que justifiquen el galardón que obtuvo Robert A. Heinlein por La Luna es una cruel amante. Para mi gusto, su lectura ha sido una decepción por varios factores como la reescritura de la revolución americana o los personajes planos, pero especialmente los fallos de la edición española.


Desde luego, lo más enervante ha sido la edición, llena de erratas, oraciones agramaticales (“a la residencia del el Alcaide, 23), dequeísmo (“advertimos de que nuestras bombas”, 298), cacofonías, falta de coherencia (“Manuel -dijo el Profe-, como bien ha señalado el Profe”, 263), estructuras oraciones extrañas en español... cuestiones éstas que no sólo dificultan la lectura, sino que provocan la pérdida del contenido original. Con estos elementos se hace más difícil disfrutar la obra, o calificarla de buenas maneras. Hacía tiempo que no encontraba una edición y una traducción tan pésima.


Ahora bien, a ello le sumo el disgusto que me ha supuesto la enorme cantidad de guiños a la revolución de independencia americana (la revuelta del té, el trío dirigente, el triunfo celebrado el 4 de julio...), porque La Luna es una cruel amante relata la incubación, desarrollo y éxito de la independencia de nuestro satélite, colonizado por expresidiarios, detalle éste que trae a la memoria el uso que el imperio británico tenía con Australia.

Probablemente la presencia de tanto americanismo se debe al peso que la política adquiere en la obra, tanto que muchas veces se asemeja a un panfleto libertario revolucionario, en especial, a través de las ideas anarquistas del Profesor Bernardo de la Paz. Aunque también hay que advertir que tanta reminiscencia al sentimiento patriótico estadounidense entra en contradicción con la abundancia de términos soviéticos que remite a la revuelta bolchevique: da, nyet, gospazha (el término de 'señora' en ruso es 'gospozha', otra errata de la novela), gospodin, tovarisch, tovarischee, bolshoyeh spasebaw (en realidad 'Bolshoye spasibo!', es decir, '¡muchas gracias!'), el periódico Lunaya Pravda... A esto se añaden creaciones propias del autor, como el curioso lema selenita ¡NEEAG! -¡no existe almuerzo gratis!-, que viene a indicar que todo triunfo conlleva un precio, que nada es altruista en la Luna, puesto que “cualquier cosa gratis cuesta el doble a la larga o termina por carecer de valor” (148). ¡Menudo mejunje!


La característica principal que determina este libro reside en la relevancia que se le oto

rga a la política, tanta que en considerables ocasiones se asemeja a un panfleto libertario revolucionario, pues muchos diálogos reflejan discusiones sobre modelos de gobierno, donde cobran protagonismo especial las ideas anarquistas del Profesor Bernardo de la Paz. A este respecto observa Sergio Mars en su blog cómo las ideas del propio autor se filtran en la novela:


“Tenemos todas sus señas de identidad: defensa a ultranza de liberalismo libertario (preponderancia de la libertad individual sobre cualquier tipo de gobierno estatal), sociedad de frontera, ruptura de las convenciones sexuales, triunvirato protagonista (chico-heinlein, Manuel Garccía O'kelly, chica-heinlein, Wyoming Knott, viejo-heinlein, Profesor Bernardo de la Paz) y, por supuesto, personajes tan, tan listos y capaces que se salen con la suya sin sufrir demasiados percances” (http://rescepto.wordpress.com/2009/10/15/la-luna-es- una-cruel-amante/).

Efectivamente, este ambiente lo desarrolla Heinlein en una sociedad de frontera, regida por una anarquía donde no existe el estado de bienestar, ni policía, ni tampoco un sistema judicial. Esta situación le permitió al autor especular con modelos familiares diferentes, como la poliandria, o incluso más curiosas, como la adoptada por la familia Davis (la de Mannie), que es un matrimonio lineal, un modelo poligámico en el cual se van adoptando nuevos cónyuges manteniendo un equilibrio de hombres y mujeres y una edad media, y donde la voz cantante la lleva la mujer de mayor edad.


Por otra parte, en La Luna es una cruel amante está la especulación del ordenador, Mike (abreviatura de Mycroft Holmes, el hermano listo de Sherlock Holmes), el cognum puro, una inteligencia artificial que ha tomado autoconsciencia y ayuda en la revolución selenita. A lo largo de la novela va creciendo y aprendiendo de las relaciones humanas, pero se trata de un niño que considera todo como un juego, incluida la revolución o el lanzamiento de rocas a la tierra durante el conflicto entre nuestro planeta y nuestro satélite, cerca del final de la novela.


Dado que esta obra se escribió en los años sesenta, la especulación sobre este ordenador pensante me parece un buen ejercicio especulativo por parte de Heinlein, aunque se aprecia que al final, tras la revolución, este personaje sobra y debe ser silenciado. Este detalle se debe también a la justificación de la historia: Mannie escribe su visión sobre la independencia selenita para desacreditar las versiones de los historiadores puesto que sólo él, Wyoh y el Profe conocían la existencia de Mike.


Sin embargo, Heinlein expone una “supuesta” ideología abierta, pero eso no sucede en el fondo. El caso más grave se da con los personajes femeninos, en especial con Wyoh. Una mujer independiente, autónoma y revolucionaria, lo cual no es óbice para que ostente un gran atractivo físico, sonría ante los piropos de los hombres y pase a un segundo plano en la historia y en la lucha por debajo del protagonista, Mannie.


Heinlein parece que pretendió desarrollar en la Luna un modelo familiar matriarcal, que justifica por la ausencia de mujeres en ese mundo colonial, pero muchas veces la libertad de las mujeres viene únicamente otorgada en una libertad de elección sexual, mientras que los principales cargos de la sociedad están ostentados todos por hombres, incluso en el nuevo gobierno que se forma en la Luna.


Esto me lleva a una de las afirmaciones que se suele hacer sobre Heinlein, su contrariedad ideológica mostrada en diferentes novelas, desde el sistema militar autoritario que aparece en Brigadas del espacio (Starship Troopers, 1959), hasta la postura revolucionaria izquierdista mostrada en esta novela, la cual de por sí tampoco se libra de múltiples contradicciones internas.

Esta variedad de registros y de mundos ficcionales de Heinlein no se debe, desde mi punto de vista a posibles ideologías del autor, sino a su naturaleza como escritor. Heinlein escribía como una forma de ganarse la vida. Escribía bien, era muy ingenioso y propuso muchos nuevos temas y perspectivas para al ciencia ficción, pero sus novelas parecen esquemas, llenas de arquetipos y elementos que siguen una fórmula. Es decir, desde mi punto de vista, Heinlein concebía la literatura como un medio, no como un fin en sí misma. En este sentido, La Luna es una cruel amante novela es otra prueba que corrobora mi opinión.



martes, 26 de julio de 2011

La liberación del amor


Los Amantes (The Lovers, 1952)

Philip José Farmer

Traducción de Sebastián Nusta.

Acervo, Barcelona, 1982.


Al enfrentarse a los clásicos del género tanto se puede uno encontrar obras elogiadas hasta una sobrevalorización, cuya lectura actual permite atisbar lo desfasadas que se encuentran, como también se puede encontrar el punto contrario, obras cuya lectura actual continúe deleitando de igual manera al momento en que fueron escritas. La lástima reside en que a veces este segundo grupo de obras ha tendido a caer más en el olvido frente a los best-sellers que componen el primero. En este caso la sorpresa la he encontrado con Los amantes (The Lovers, 1952), de Philip José Farmer.


En Los amantes, Farmer nos presenta una sociedad futura distópica surgida de una terrible guerra bactereológica que ha exterminado a casi toda la humanidad a excepción de unos pocos grupos étnicos que han conformado tres grandes estados: la unión Haijac, conformada principalmente por hawaianos e islandeses; las repúblicas israelíes; y la federación malaya. El primero de los tres, en el que vive el protagonista, Hal Yarrow, es un estado teocrático totalitario (el Inglestado), todavía más creíble hoy que cuando fue escrito: estricta moral, control férreo, anulación de las libertades, educación cerrada en busca de una fidelidad absoluta al Inglestado, etc.


Por si fuera poco, este mundo está tan superpoblado que la población vive dividida en dos regímenes diurnos de 12 horas, de tal manera que media población trabaja mientras la otra media duerme. Por esta razón -la búsqueda de nuevos espacios y nuevos recursos-, el gobierno mantiene encubierto un programa de colonización de nuevos planetas, para extender por la fuerza los valores teocráticos del Inglestado. Hal Yarrow, un inadaptado en el mundo del Inglestado, se embarca en uno de nave colonizadora por su cualidad técnica de atón, es decir, un generalista que conoce un poco de varios ámbitos científicos sin ser especialista en ninguno. En la nueva sociedad alienígena artrópoda que puebla el planeta al que arriban, Yarrow irá descubriendo un mundo nuevo, libre, diferente, que le abrirá nuevas posibilidades, lo que llevaba buscando en la vida, la faceta que el Inglestado pretendía extirparle y que en el nuevo planeta se desarrolla.


Sin embargo, Hal Yarrow es un mediocre lingüista, por tanto, no comprende el prototipo de héroe, y vivirá su despertar a un nuevo mundo gracias a la amistad con el insecto Fobo y el amor que descubre en la extraterrestre de formas homínidas Jeannette. Ádemás, en la profesión de Yarrow se puede deducir una crítica a la especialización extrema donde las ámbitos científicos se convierten en ínsulas independientes o departamentos estanco donde surge la necesidad de generalistas capaces de traducir la información de un campo científico a otro.


La trama se estructura como un tríptico. En la primera parte se nos presenta la vida de Hal Yarrow en la Tierra, atormentado bajo el control del Inglestado, inserto en una sociedad en la que no consigue adaptarse y con un matrimonio abocado al fracaso. Debo destacar de esta parte de la obra la dura discusión matrimonial entre Yarrow y su esposa, Mary, que culmina con una relación amorosa carnal, vacía, realizada por la rutina que establecen los preceptos de la sociedad religiosa que les domina. La crudeza con la que el narrador revela la relación entre estos dos personajes, sumida en un odio mutuo encubierto en un amor fingido que les ha impuesto la sociedad, me resultó impresionante.


La segunda comprende el enfrentamiento entre la rebeldía creciente de Yarrow frente al control cada vez más estricto de su mentor espiritual, Pornsen, y que finaliza con la muerte del segundo, conocedor de la verdadera identidad de Yarrow y su desvío moral de las normas establecidas por Sigmen, el profeta de la religión del Inglestado. Dicho enfrentamiento no podía terminar de otra manera, para asistir al despertar de Hal, éste debía librarse de los brazos del Inglestado, representado por el mentor Pornsen.


La tercera es la que desarrolla a mistad de Hal con Fobo y el idilio romántico entre Yarrow, cada vez más libre de prejuicios, y la alienígena Jeannette, idilio que acaba en tragedia y con la revelación de todos los enigmas de la trama. El personaje de Yarrow ha conseguido su plena identidad y recibe toda la información nueva como un jarro de agua fría, pero el nuevo modelo de amor que ha conocido le parece tan puro que se ve incapaz de sentir repugnancia por haber estado con un insecto parasitario con cuerpo antropomórfico. Todo lo contrario, la sigue amando y así lo demuestra en su parlamento final: “¡Jeannette! ¡Jeannette! Si sólo me hubieras amado lo suficiente para decirme...” (227).


Se desprende en la obra un crítica al peligro que pueden suponer las religiones al controlar una sociedad y conducir un estado hacia el fanatismo religioso. En esta distopía de Farmer no existe diferencia entre religión y estado, pero, más que eso, la religión, con su profeta Sigmen, ha generado unos rígidos preceptos morales que oprimen la libertad y la naturaleza humana, e incluso su visión hacia el futuro, pues pretenden imponer el porvenir como una línea temporal fija e indiscutible, no como un sendero impredecible y enigmático.


La hipocresía moral de las religiones tan bien plasmada por Farmer en esta obra no ha perdido fuerza en nuestros días, pero curiosamente es el extraterrestre Fobo, en conversaciones de Yarrow, qien le discute los errores de los preceptos religiosos del Inglestado y quien le enseña que el hombre no tiene por qué regirse con un modelo moral prefijado, sino que puede elegir puesto que existen otros modelos de vida. Por esta razón, me sorprendió en la novela que son los humanos, con esa sociedad fanática, los que encierran en sí mismos la visión negativa de la humanidad, mientras que unos extraterrestres artrópodos, menos evolucionados tecnológicamente, representan las virtudes de la naturaleza humana.


Por otro lado, también merece la pena destacar el ejercicio prospectivo de ámbito biológico realizado por el autor. Farmer desarrolla un mundo alienígena con dos continenetes, uno donde la especie evolutiva dominante fueron los homínidos y en el otro los insectos, y cómo tras varios conflictos son los segundos los que se impusieron y exterminaron a los primeros. Pero no detiene ahí la especulación biológica, puesto que describe la sociedad de los insectos y sus diferentes posibilidades de evolución, incluido el formidable caso de parasitismo que representa la especie de Jeannette.


En conclusión, el escritor estadounidense Philip José Farmer consigue en Los amantes una mezcolanza interesante de tópicos clásicos del género (como la sociedad alienígena insectoide) junto a una visión y un tratamiento innovador (donde destaco el tratamiento que se le da a la relación matrimonial de Yarrow en la Tierra).


[Imagenes de:

http://clubdecatadores.files.wordpress.com/2011/04/philip-jose-farmer2.jpg

http://4.bp.blogspot.com/_ZvCGSCjzY_A/Sap47ZC6VOI/AAAAAAAARgQ/VrOLf4xP2HE/s1600-h/losamantes.jpg ]